La logorrea de Goebbels

Resulta muy curiosa la relación de los neonazis con la historia; por un lado son auténticos fetichistas respecto a cualquier tipo de “reliquia” que puedan atesorar de su periodo histórico favorito. Por otro, todo lo que venga de esa época que no case con su ideario es “falso” o “dudoso”. Aun los que tienen más inquietudes y leen libros tienen un repertorio muy limitado, ya que nunca salen de los que les proporcionan sus “portales temáticos” y librerías. Y si han leído que tal o cual documento es “dudoso”, pues listo; seguro que es falso, porque lo dijo Butz o Bochaca.

Un ejemplo clásico de su dialéctica consiste en juntar dos casos que no tienen nada que ver para que uno “contamine” al otro. Por ejemplo, los diarios de Hitler y de Goebbels.

El primer responsable de que hoy podamos leer los diarios de Goebbels fue Frank E. Mason, ejecutivo de la NBC (entonces una cadena de emisoras de radio) de 1931 a 1945. Había sido agregado militar de la embajada de EE UU en Alemania después de la primera guerra mundial, y al jubilarse tras el fin de la segunda viajó al caótico Berlín de la posguerra. Allí, en la misma calle en la que estuvo el Ministerio de Propaganda,a compró a un ropavejero de la Whilhemstrasse una gran cantidad de documentos con apariencia de oficiales, como si fuera papel viejo, para quemar o envolver pescado. Las 7.100 páginas rescatadas apenas cubrían partes de los años 1942 y 1943, y estaban acompañadas con una miscelánea de otros documentos (cuentas de gastos, facturas, telegramas, etc.) del mismo Goebbels. El papel era de muy buena calidad, con marcas de agua, y estaba mecanografiado en una máquina especial, marca “Continental”, de grandes tipos, a doble espacio y por una sola cara. Lo azaroso de su descubrimiento podía poner en tela de juicio su autenticidad. Pero se conocía de sobra la obsesión de Goebbels en la escritura de su diario, en el que trabajaba desde mucho antes de ser una persona importante, y que concebía como parte de su futuro legado a la humanidad.

En 1948 salió una primera edición, a cargo de  Louis P. Lochner, antiguo director de la delegación de la Associated Press en Berlín. Lochner era de los pocos norteamericanos que había tenido contacto con Goebbels —aun en ruedas de prensa— hasta diciembre de 1941. Posteriormente antiguos subordinados de Goebbels se pronunciaron a favor de la autenticidad de los diarios, y se supo que hasta julio de 1941 Goebbels había escrito su diario personalmente, a mano. Desde el 9 de julio todos los días se lo dictaba a un estenógrafo de su ministerio, que posteriormente pasaba lo pasaba a máquina en una “Continental” de grandes tipos, sobre un papel de esas características. ¿Había dudas sobre la autenticidad de los diarios? Las autoridades estadounidenses primero no quisieron saber nada del asunto, pero después demandaron  a Mason y a Lochner por considerar que tanto los originales como los derechos de publicación eran propiedad del Estado, como reparación de guerra, declarando destinar los fondos en favor de los refugiados. En el juicio y después siguieron apareciendo antiguos colaboradores de Goebbels que se pronunciaban a favor de su autenticidad, tanto los que renegaban del nacionalsocialismo, como su primer biógrafo, Werner Stepan, como quien había sido secretario suyo y después hagiógrafo sin complejos, Wilfred von Owen, cuyo “¿Quién era Goebbels?” aún se vende en librerías neonazis.

En 1960 se publicó una edición comentada de las entradas manuscritas de 1925-26, estaban en los archivos de la Hoover Institution de Stanford, California, desde que le fueron regalados al expresidente Hoover en 1946. En la misma institución depositó Mason sus copias, dando por zanjada la cuestión de los derechos.

Al otro lado del telón de acero, en 1967 la historiadora soviética Rhesevskaja escribió que en 1945 había leído y clasificado una gran cantidad de diarios de Goebbels durante su estancia en Berlín. El polaco Stroinowski, confirmó que los había visto (u otra copia) en el mismo año. Pero la mayor revelación la hizo la editorial Hoffmann und Campe Verlag en 1977, declarando que habían reunido 20.000 páginas del diario de Goebbels, 4.000 de ellas manuscritas, a través de la compra o hallazgo de unos misteriosos microfilmes. Los que habían sido funcionarios asignados a Goebbels, Otto Jacobs y Richard Otte, reconocieron su trabajo de mecanografiado y, posteriormente la microfilmación a cargo de Otte, y participaron en las ediciones de los diarios de partes de 1945 (1978) y de 1939-41 (1983). A estas alturas, nadie “dudaba” de la existencia del diario de Goebbels. También era cierto que no había más originales que los de la Hoover Institution, pero todos los testigos y los expertos de la época, incluso los que como Owen no se avergonzaban de sus nostalgias nacionalsocialistas, los tenían por auténticos, y nadie había encontrado incoherencias o anacronismos entre tantísimo material. Bueno, no. Estaba  Arthur R. Butz, y sus seguidores, que “dudan” de todo cuanto tenga que ver con el holocausto.

Pero claro, siempre podía pensarse que un ejército de conspiradores había localizado la máquina de escribir, y el papel, y habían reproducido perfectamente tanto el estilo como las muletillas de Goebbels. Sin fallos cronológicos y con un perfecto conocimiento de su día a día habían producido más de 20.000 páginas para insertar un par de docenas de referencias al holocausto, además de sobornar o engañar a todos los que habían trabajado con Goebbels, en Europa y en los EE.UU., tanto los que ahora eran críticos con él, como los que le escribían hagiografías en dos tomos desde Argentina. Ah, y habían falsificado otras 6000 páginas a mano, para presentarlas en un extrañísimo sistema de microfilmado de la casa Agfa de la preguerra, que miniaturizaba 45 páginas tipo folio en una plaquita de cristal. Y aún faltaban muchas entradas. Mason, el primer descubridor del diario, había declarado que había pagado unos pocos dólares por sus papeles, pero la editorial alemana mantenía en secreto la fuente del microfilm.

Y ahora llegamos a una fecha ya más cercana, marzo de 1992 (sí, bueno, hace ya 17 años; pero eso no es nada, la última edición del libro de Butz, en la que sigue con sus “dudas” del diario de Goebbels y otras cosillas más, es de 2003). Elke Fröhlich, viuda de Martin Broszat, que ha participado en la edición de los diarios de la Hoffmann, revela a David Irving en qué archivo de la ya agonizante URSS se encuentra un juego completo con las placas de cristal del sistema de microfilmado de Agfa, que había realizado Richard Otte en 1944-45 por orden de Goebbels. El 26 de mayo Irving convence al Sunday Times para que financie su viaje a Moscú para comprobar si esas placas existen. Tras un primer vistazo Irving se convence de su autenticidad, y a su vuelta a Londres llega a un acuerdo con el periódico para seleccionar y traducir parte del diario por 75.000 libras de la época. Irving regresó a Moscú el 28 de junio de 1992. En los Rosarchiv ni siquiera había un lector de diapositivas, así que Irving debe examinarlas con la ayuda de una simple lupa. Sin ninguna autorización procedió a sacar varias de las placas del archivo, y con la ayuda de un periodista del Sunday Times, empieza a hacer copias. De ahí vino la acusación que se ha hecho desde entonces a Irving de comportarse de forma poco profesional con unos documentos tan valiosos, arriesgándose a dañarlos, pero ni siquiera a los peores enemigos de Irving se les ha ocurrido acusarlo de falsificar los diarios, que se presentan en 1.600 placas de cristal, cada una con 45 páginas del diario, en negativo, por un sistema que ya era poco corriente en 1945. Son en total 72.000 páginas, manuscritas del puño y letra de Goebbels de 1923 a 1941, y que coinciden con las ediciones anteriores.

Según la Wikipedia desde 1993, bajo la dirección de Elke Fröhlich y junto con Anne Munding, Angela Hermann, Jana Richter, Angela Stüber, y Hartmut Mehringer, el Instituto de Historia Contemporánea de Munich, en colaboración con los archivos estatales rusos, ha publicado en 29 volúmenes el 98% de los diarios de Goebbels, habiendo salido el último en 2006. Pero claro, como son “diarios”, seguro que son otra falsificación como los de Hitler. Una conspiración germanorrusa, de la que los recientes episodios del corte de gaseoductos no son sino una cortina de humo para convencernos de la culpabilidad del Fûhrer.

¿Y cuál es la historia de esos diarios de Hitler, los que siempre se mencionan cada vez que alguien quiere sembrar la duda sobre cualquier tipo de documentación que deje en mal lugar a los nazis? Porque no había testimonios de que Hitler llevara un diario, más aún, todos los que le habían tratado habían dejado bien fundamentada la convicción de que no le gustaba nada escribir a mano, de hecho la gran mayoría de “Mi lucha” la había dictado a Hess en su prisión/retiro espiritual, y nunca había terminado el que habría sido su segundo libro.

En 1978 Konrad Paul Kuja, un falsificador alemán de arte y militaria, vendió a un coleccionista, un tal Fritz Steifel, lo que según él era un cuaderno del diario de Hitler, sacado de contrabando por su hermano de la Alemania del Este. Ya anteriormente había vendido a particulares el original de “Mein Kapf”, y varias acuarelas “de” Hitler, pero en esta ocasión un periodista, Gerd Heidemann, terminó viendo el cuaderno y contactó con el “anticuario”, para averiguar si había más. Kuja vio el negocio de su vida, y durante 4 años consiguió ir espaciando poco a poco la venta de 60 cuadernos supuestamente autógrafos de Hitler, con un coste para la revista Stern de unos 10 millones de marcos, de los que Heidemann posiblemente se quedó con la mitad como “comisión”. Aunque Kuja estaba dispuesto a seguir “sacando de contrabando” cuadernos de la RDA, la editorial llevaba mucho dinero invertido y decidió comenzar su publicación y compartir los gastos con otras revistas europeas. Pero al levantarse el secretismo y permitir a los expertos examinar más de cerca los “originales”, se descubrió la superchería en pocas semanas. Kuja no había sido un gran falsificador de la letra de Hitler, pero había tenido la habilidad o la suerte de conseguir que en primera instancia se comparara la letra de los cuadernos… con otras falsificaciones suyas. El análisis forense, además, terminó siendo demoledor, pues papel y tinta eran de la posguerra.

El escándalo fue mayúsculo, y el ridículo tremendo para los timados. En España el semanario Tiempo sólo llegó a sacar una entrega de la traducción antes del descubrimiento de la estafa, con un coste (confesado) de 21 millones de pesetas de 1983. Trevor-Roper, el historiador con más fama de los engañados por la falsificación, era además ejecutivo de Times Newspapers, que había adquirido los derechos para el Reino Unido. Había expresado su creencia en la autenticidad de los cuadernos tras haberlos examinado durante unas horas en una sala de un banco suizo. La empresa editora de la revista Stern demandó a Kuja y a Heideman, al que consideró cómplice. Sus ventas cayeron a una cuarta parte.

Respecto al contenido de los diarios, por lo visto Kuja se había limitado a parafrasear un libro de discursos de Hitler. Incurría en gran cantidad de fallos cronológicos, pero daba una imagen “normal” y “humana” del Führer. De entre lo que se llegó a publicar  hubo un par de “revelaciones” destacadas. Una, que Hitler estuvo al tanto del viaje de Hess a Escocia, (lo que otorgaba cierta justificación al ya nonagenario símbolo de Spandau) y dos, que había dejado escapar a propósito al ejército británico en Dunkerque, con vistas a un pronto armisticio (falso, aunque sigue siendo una idea muy común entre aficionados). Durante el juicio a los estafadores, se barajaron hipótesis de todo tipo, como que había sido una conspiración de la extrema derecha (Hitler sale especialmente favorecido, no dice nada del holocausto) o bien comunista (los cuadernos supuestamente salían de la RDA). Pero al final se vio que el único móvil había sido la simple codicia.

Y a todo esto ¿Qué estaba haciendo Irving? Fue de los primeros en expresar sus dudas sobre la autenticidad de los diarios, pero también el último en rechazarlos del todo. Y no fue sólo por ir contracorriente y marcar distancias con respecto al resto, sino también porque el contenido de los “diarios” en realidad casaba muy bien con la imagen que Irving intentaba vender de Hitler, “levemente” antisemita y por completo ajeno a las atrocidades que Himmler u otros perpetraban en su nombre.

En cambio, el contenido de los diarios de Goebbels tenía otro sentido, ya que, como puede verse en varias entradas de este blog, especialmente la del 20 de marzo de 1942, sí son de relevancia para ver desde dentro cómo se llevaba día a día la persecución de los judíos, y cómo Hitler no estaba ni mucho menos al margen de la misma.

Bibliografía: Aparte de los enlaces ya incluidos en la propia entrada, las introducciones de las ediciones de los Diarios de 1942-43 (Los libros de nuestro tiempo, Barcelona 1949) y 1945 (La Esfera de los libros, Madrid 2007). Irving en Goebbels: Mastermind of the Third Reich (1996) da su explicación de sus aventuras en los archivos rusos. Richard J. Evans, en Telling lies about Hitler (2002) contradice las interpretaciones que hace Irving en su biografía del ministro de III Reich, además de recordar la variante postura de Irving respecto a la estafa de Kuja. Sobre los “diarios” de Hitler, la mejor fuente está en el ensayo de Robert Harris (sí, el de “Patria” o “Enigma“) Selling Hitler (1986), que sirvió de base para una miniserie sobre el caso. En las hemerotecas españolas puede encontrarse la traducción de los dos primeros capítulos del “diario de Hitler” en el suplemento del semanario Tiempo del 9-5-1983.

Portada española de los "Diarios de Hitler"

Revista Tiempo Cuadernillo Diarios de Hitler 9-5-1983

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3 pensamientos en “La logorrea de Goebbels

  1. Pingback: El Testamento político de Hitler « antirrevisionismo

  2. Muy interesante los diarios de Goebbels, pero no entiendo como alguien que es capaz de suicidar a sus 6 hijos, a su mujer y a el mismo… no quemó algo que es como si fuera su vida (el diario).

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