Speer leyendo las memorias de Doenitz en Spandau, 1959

23 marzo 1959
Con intervalos de varios días, leo las Memorias de Doenitz, que acaban de ser publicadas. Son interesantes y, posiblemente, también auténticas, aunque sólo en cuestiones de armamento y organización. En cambio, silencia o encubre con fantásticas invenciones su postura política, su relación con Hitler y su fe nacionalsocialista infantil. Es el libro de un hombre sin visión. Para él, la tragedia del pasado se reduce a la pobre cuestión del examen de los errores que fueron los posibles causantes de la pérdida de la guerra.

24 de marzo, 1959.
Cuanto más leo estas Memorias, tanto más incomprensible me resulta que Dönitz encubra sistemáticamente su relación personal con Hitler. Según escribe, participó sólo en conferencias de la Wehrmacht, y era llamado por Hitler únicamente para estudiar cuestiones relacionadas con la Marina. Quiso ganarse la confianza de Hitler sólo para imponer sus exigencias de que se prestara mayor atención a la Marina. Cierto que menciona ocasionalmente haber comido con Hitler, pero no revela nada del contenido de las conversaciones. ¿Por qué omite que éste, a su vez, le tenía en muy alta estima, como apenas a ningún otro oficial? Era frecuente oír a Hitler decir: “¡Ése es un hombre, por el que siento respeto! ¡Cómo domina todas las cuestiones! ¡Cuando se trata del Ejército de Tierra y de la Luftwaffe, las informaciones que se me facilitan son nebulosas. ¡Para desesperarse! En el caso de Dönitz, sé de verdad dónde estoy. Es un nacionalsocialista convencido y mantiene apartada a la Marina de todo influjo pernicioso. ¡La marina no capitulará jamás! Dönitz ha inculcado en ella el concepto nacionalsocialista del honor. Si los generales del Ejército de Tierra tuviesen este espíritu, no se habrían entregado sin lucha las ciudades ni se habría retrocedido en los frentes que yo había ordenado mantener a toda costa”. Después del 20 de julio, oí decir a Hitler en su Cuartel General, tras una larga explosión contra los generales del Ejército: “¡Ni uno solo de estos criminales pertenecía a la Marina! ¡No hay en ella ningún traidor! [Nota: en la traducción inglesa, y supongo que en el original alemán, la cita de Hitler es “¡No había ningún Reichpiest!”, por el marinero líder del motín de Kiel de 1917] ¡El Gran Almirante actuaría con mano de hierro si advirtiera el más leve derrotismo! ¡Lo tengo por el mejor de mis hombres!”
Él no nos dice nada de todo esto. Incluso mima su imagen en detalles de poca monta. Así, afirma que siempre se mantuvo alejado del hecho central, que figuró siempre sólo en puestos de combate próximos al frente. Sin embargo, su Cuartel General estuvo al principio en un edificio para oficinas de París; después en Berlín, en la Steinplatz; y, posteriormente, en el Alto Mando de la Armada. Al afirmar que estuvo en todo momento cerca del frente, pretende demostrar su alejamiento de la responsabilidad conjunta.

Speer, Albert: Diario de Spandau. (Spandauer Tagebücher, 1975) Traducción de Manuel Vázquez y Ángel Sabrido. Mundo Actual de Ediciones, Barcelona 1976. pg. 337-338. (Reedición en la colección de kiosco “memorias de guerra”, de la Editorial Altaya, Madrid 2008). [pg. 333-334 de la edición en inglés de Phoenix Press, Londres 2000]

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